lunes, 25 de febrero de 2008

LAS OBRAS MAESTRAS DE LA LITERATURA


Cuba, 7 noviembre

Tenía necesidad, para ciertos propósitos míos, de conocer lo que los profesores de los colléges llaman las «obras maestras de la literatura». Di a un laureado bibliotecario, que me aseguraron que era un conocedor perfecto de ellas, la orden de prepararme una lista, lo más restringida posible, de obras, y de procurármelas en las mejores condiciones. Apenas me hallé en posesión de estos tesoros, no permití la entrada a nadie, y ya no me levanté de la cama.
Las primeras se me antojaron malas y me pareció increíble que tales humbugs fuesen verdaderamente los productos de primera calidad del espíritu humano. Aquello que no comprendía me parecía inútil; lo que comprendía no me gustaba o me ofendía. Género absurdo, aburrido; tal vez insignificante o nauseabundo. Relatos que si eran verdaderos me parecían inverosímiles, y si inventados, insulsos. Escribí a un profesor célebre de la Universidad de W. para preguntarle si aquella lista estaba bien hecha. Me contestó que sí y me dio algunas indicaciones. Tuve valor para leer aquellos libros, todos, menos tres o cuatro que no pude soportar desde las primeras páginas.
Huestes de hombres, llamados héroes, que se despanzurraban durante diez años seguidos bajo las murallas de una pequeña ciudad, por culpa de una vieja seducida; el viaje de un vivo en el embudo de los muertos como pretexto para hablar mal de los muertos y de los vivos; un loco hético y un loco gordo que van por el mundo en busca de palizas; un guerrero que pierde la razón por una mujer y se divierte en desbarbar las encinas de las selvas; un villano cuyo padre ha sido asesinado y que, para vengarle, hace morir a una muchacha que le ama y a otros variados personajes; un diablo cojo que levanta los tejados de todas las casas para exhibir sus vergüenzas; las aventuras de un hombre de mediana estatura que hace el gigante entre los pigmeos y el enano entre los gigantes, siempre de un modo inoportuno y ridículo; la odisea de un idiota que a través de una serie de bufas desventuras sostiene que este mundo es el mejor de los mundos posibles; las peripecias de un profesor demoníaco servido por un demonio profesional; la aburrida historia de una adúltera provinciana que se fastidia y, al fin, se envenena; las salidas locuaces e incomprensibles de un profeta acompañado de un águila y de una serpiente; un joven pobre y febril que asesina a una vieja, y luego, imbécil, no sabe siquiera aprovecharse de la coartada y acaba cayendo en manos de la Policía.
Me pareció comprender, con mi cabeza virgen, que esa literatura tan alabada se hallaba apenas en la edad de la piedra, lo que me dejó desesperadamente desilusionado. Escribí a un especialista en poesía, el cual intentó confundirme diciéndome que aquellas obras valían por el estilo, la forma, el lenguaje, las imágenes y los pensamientos y que un espíritu educado podía experimentar con ellas grandísimas satisfacciones. Le contestó que, por mi parte, obligado a leer casi todos aquellos libros en traducciones, la forma importaba poco, y que el contenido me parecía, como es, anticuado, insensato, estúpido y extravagante. Gasté cien dólares en esta consulta, sin ningún fruto.
Por fortuna conocí más tarde a algunos escritores jóvenes que confirmaron mi juicio sobre aquellas viejas obras y me hicieron leer sus libros, donde encontré, entre muchas cosas turbias, un alimento más adecuado a mis gustos. Me ha quedado, sin embargo, la duda de que la literatura sea tal vez incapaz de perfeccionamientos decisivos. Es muy probable que nadie, dentro de un siglo, se dedique a una industria tan atrasada y poco remuneradora.

G. P.

lunes, 18 de febrero de 2008

Membretes


Con la poesía sucede lo mismo que con las mujeres: llega un momento en que la única actitud respetuosa consiste en levantarles la pollera.

O. G.

domingo, 17 de febrero de 2008

La poesía es una mierda desde hace siglos


“Siempre recuerdo que, en el patio de la escuela, cuando aparecía la palabra ‘poeta’ o ‘poesía’, todos los pendejos se reían y se burlaban. Puedo ver por qué: es un producto falso. Ha sido falso y snob y endogámico por siglos. Es ultradelicado, sobreapreciado. Es un montón de mierda. Durante siglos, la poesía es casi basura total. Es una farsa. Ha habido grandes poetas, no me entienda mal. Hay un poeta chino llamado Li Po. Podía poner más sentimiento, realismo y pasión en cuatro o cinco sencillas líneas que la mayoría de los poetas en sus doce o trece páginas de mierda. Y bebía vino también. Solía quemar sus poemas, navegar por el río y beber vino. Los emperadores lo amaban porque podían entender lo que decía. Por supuesto, sólo quemó sus poemas malos. Lo que yo quise hacer, si me disculpa, es incorporar el punto de vista de los obreros sobre la vida... los gritos de sus esposas que los esperan cuando vuelven del trabajo. Las realidades básicas de la existencia del hombre común... algo que pocas veces se menciona en la poesía desde hace siglos. Mejor, que quede registrado que dije que la poesía es una mierda desde hace siglos. Y una vergüenza”.

H. C.

martes, 12 de febrero de 2008

lunes, 11 de febrero de 2008

Sobre la discusión de todos estos asuntos

Poetas del Grado Cero, en Asamblea Extraordinaria, invita al debate responsable, con intención polémica si es necesario, de los siguientes temas:

  • Muerte de la poesía (Nuevos derroteros de la Literatura hondureña) Propuestas y vías políticas contemporáneas para el fortalecimiento del quehacer cultural en Honduras.
  • Generación de espacios públicos válidos para la discusión sobre la temática cultural.
  • Sobre la discusión de todos estos asuntos, aceptaremos sus propuestas.

Poetas del Grado Cero.

Nota: La orientación ética de nuestro movimiento sigue en pie.

domingo, 10 de febrero de 2008

Acabemos con los insulsos vividores de la ignorancia


Sepan que no tengo cólera, ni odio persistente, ni llamas, ni ceniza, ni nada. Ninguna luz me ciega y estoy completamente convencido que todo esto es una perorata estéril, que quizás vuelva locos a algunos delirantes sin imagen. Pero este aburrimiento insano de repetir los mismos mitos, los secos ideales, la intención de vivir clavados en un pasado, subiendo la montaña, entrando a la iglesia de nadie donde yace sepultada la verdad. ¿No creen que a todos ustedes les falta un tornillo, un hueso cierto fracturado que les duela? Terminen con eso, acaben de verse en el espejo como víctimas sin agenda o como mesiánicos salvadores de nadie. ¿O es que acaso no se han dado cuenta que siempre le entregan las llaves a los sacerdotes y son ellos quienes los representan ante los corruptos consagrados? ¿Quién de ustedes es el revolucionario que enfrenta a esa recua de corruptos que se instala frente a los hambrientos como arquetipo del Mesías o del Ché? Ustedes pretenden vivir andando sobre las mismas pisadas de héroes fenecidos para regresar a su casa a verse en la misma soledad, en el olvido, mientras el poder puro e invisible se ríe de ustedes en sus propias caras. Rían un poco, búrlense un poco de ese poder omnímodo que los ha colocado en la condición lamentable de una impotente llanura. Pero no dejen de caminar sobre otros senderos y olvídense de los arquetipos. No hay nada nuevo. Acabemos con los insulsos vividores de la ignorancia. ¡Muerte al mito! ¡Muerte a la poesía! ¡Muerte a la belleza, vamos por las feas!

Super Cero Lógico

sábado, 9 de febrero de 2008

¿Sueña Fabricio con ser un replicante?

¿Yo Paíspoesible? ¡Ni loco! No me imagino, en primer lugar, llamándoles solemnemente “poetas” a mis amigos al tiempo que nos fundimos en uno de esos abrazos de hermanos dispuestos a cambiar el mundo con nuestra solidaridad. No puedo imaginarme tampoco escribiendo cada noche los versos humanísimos que habré de leer la mañana siguiente en un parque, un mercado, un colegio o una prisión para rescatar almas perdidas y afiliarlas a un supuesto ideal que todo lo cree posible. No, definitivamente no puedo imaginarme siquiera cómplice de alguna de las bufonadas de Paíspoesible.
La verdad es que me aburre pensarme poeta, pensar que la poesía –acaso muerta ya- es un arma obsoleta cargada de futuro, pensarme “pugnando con esternón y estilete”, pensar que todos los que están a mi alrededor son mis hermanos, que formo parte de un movimiento que representa la esperanza del mundo.
“He visto cosas que ningún ser humano ha visto”, dice el último de los replicantes en la memorable escena de Blade Runner, y algo parecido se le oye balbucear a Fabricio Estrada en su manifiesto cuando dice: “nosotros hemos visto el atorrante mundo del video clip y su hardcore”. Ahora sí que logro imaginar algo: a Fabricio y algunos de sus hermanos impoesibles con una paloma descendiendo a sus cabezas, mientras en el fondo un unicornio atraviesa quizá un arcoiris. ¿Qué hermoso, no creen?
Gracias, Fabricio, pero no, yo no soy Paíspoesible. Ni lo quiera Dios! Esa “poética” de ustedes, mitad Philip K. Dick y mitad Marinetti, que proclama que “no hay que seguir imaginando al nuevo ser humano desde la teoría del arte y su estética”, no va conmigo. Creo, Fabricio, que definitivamente no se puede imaginar “desde la teoría del arte y su estética” ninguna otra cosa que no sea a un artista, porque si quisiéramos imaginarnos a un ser humano, bastaría con la “teoría del abrazo y la palmadita en la espalda”, y ya sabemos que para esto no se necesita escribir un tan solo poema. Conozco muchos seres humanos que no escriben versitos para demostrar alguna cara de su humanismo.
Cómo voy yo a identificarme con eso de la “carcajada agónica que apenas se contiene” cuando la frase misma entraña una contradicción: ¿una carcajada que está muriendo pero que apenas se contiene? ¿Cómo entender semejante paradoja? O con aquella otra barbaridad de que Tegucigalpa es el ombligo de Honduras, cuando bien sabemos que es Olanchito (según declaraciones de Mando García), y cuando habría que decir más bien que Tegucigalpa es el hoyo de Honduras, el enorme agujero en cuyo fondo yacen el nombre de la patria y sus hundidos últimos patriotas.
Gracias, Fabricio, pero no, yo no soy Paíspoesible. Que se borre mi nombre de esa lista.

Giovanni Rodríguez

Continúo en escena



Continúo en escena, cada vez más trivial y próximo a una verdad material en la que mi propia vida cambia. Quizás yo mismo sublimo mi pequeña historia de antihéroe y paradójicamente me acerco al desaparecimiento del poeta que he sido. Aquí no hay una escenografía, un proscenio, una candileja o una tramoya de donde pendan los proyectores para alumbrar a nadie. Aquí estoy yo solo y mi verdad. La ciudad es un sueño por el que he caminado sin rumbo, un ideal que no se realiza sino en el forcejeo de quienes la habitamos. Jamás saldremos de aquí, de esta envoltura de aire enrarecido y cada quien encarnará su papel aunque no quiera. Yo soy el mito, mi utopía, y no soy arquetipo de nada, y no obstante siento mi rostro convertido en la infame figura de Jorge Martínez Mejía que intenta liberarse de mí. Lo he escogido a él porque encarna perfectamente el rostro novelesco de un poeta que renuncia a su esencia, a su sueño. Jamás será un poeta liberado, demasiado bien le queda el papel y su apasionamiento lo ubica en el límite, en el extremo favorable para su interpretación. Su vehemencia, su sacrificio cotidiano, su posibilidad para profundizar en los secretos del arte, su habilidad con el lenguaje; todo lo eleva como mi candidato preferido. Cuando me he puesto a pensar en otro que tenga su perfil, su impasibilidad, su aire guerrillero, su tesón, me he turbado con deleite. Sólo él puede renunciar a lo que ama, a su dulcísima mater. En los entreactos conversa con sus amigos y su hermano y poco a poco va tejiendo la historia de su renuncia, va construyendo su propia leyenda, sus nuevas ilusiones de salirse de la época. Y la episteme se alza en su corte sincrónico y lo cruza y lo parte en dos y la verdad le pasa por encima. Somos demasiado débiles para conocer lo que hay más allá de los grandes relatos. Somos frágiles. Como la arcilla nos humedece la historia y la leyenda y cada cual juega su papel, su acto, y exhibe los hilos del único guión posible. Mi rostro de poeta se va desdibujando en la medida en que me adentro en la intimidad de Jorge Martínez Mejía, y su fuerza racional y su juego de matarse supone que hay un hombre detrás de ese nombre. Es necesario un acto para empezar una nueva escena, un acto de conciencia, una renuncia profunda, un olvido exacto, las palabras dichas con la precisión cirujana que rompan el último hilo de la historia. En el escenario, Jorge Martínez Mejía interpreta el mimo en que golpea el vaso de cristal donde sufre su encierro.


Gracias Super Cera Negra

Super Cero Lógico
Cristeva Dixit

viernes, 8 de febrero de 2008

Nuevo manifiesto de la niña malcriada


Acuerpada por el planchador de belgas gordas al son del euro y autoproclamado curador de insanias seudoartísticas, la imposiblemente poética niña regañada se atrevió a defecar en la blogósfera con su acostumbrado canturreo melindroso. Y, modernista al fin, optó por clonarse en Molina asexuado para refrendar grandilocuente ars poética, manifiesto barriobajero preñado de su tradicional estulticia, visión trasnochada de capitalinos desvelos, donde el hallazgo señero es su renuncia al Nóbel y la certidumbre del Premio Nacional, cuando llegue a vieja, pedorra y acogotada. Y entre suspiros y ventosos enumera, plañidera, a su cohorte de inasibles párvulos, anteojos y orejeras, prostitutas, lesbianas y caimanes barbudos.

Pero, no te asustes tierna niña, puedes seguir considerando tu erizado agujero como el roñoso centro del mundo; ni misquitos ni limeños, ni olanchitos ni garífunas aspiran a despojarte de tu publicitada gloria, así que puedes dormir tranquila: entre la luna que te traga y el perenne cigarro del turco maloliente, tu futuro yace asegurado, como cuando le hacías los mandados al pastor del maduro rebaño. La posteridad os hará justicia, dulce zagala de atiplado acento, y el país entero (Amberes incluida) se rendirá ante la rotunda evidencia de vuestro mendicante estro.


Capitán en Controles
Poetas del Grado Cero

Receta para ser poeta (a güevos)


Hable gueisadas similar a Parvulín.

Diga lo que sea: “apesta este mojón”,
“Ya me meo, tengo mal de orín”.
O diga: “No puedo, soy un cachiflín”,
“Ya nuice nada, me entró la cagazón”.

¿No lo sabe? Poesía es marketing,
cuestión de imagen, poemas de ocasión.
Si no ha leído o acaso es malandrín,
haga poemas o plagie y sea un señorón.

Sea fraterno, educado, de buen ver.
No pronuncie la palabra mierda, nunca.
Si la usa, poeta jamás podrá ser.
Su carrera habrá quedado trunca.

Sea precavido, no haga nada mal,
pretenda, impresione, muestre su saber.
Haga un libro sobre un tema banal:
ceniza flatulenta, hormigas por doquier.

¡Sea poeta, quéjese de algo ya!
¡Sea paispoesible y realícese!
¿Le preocupa la portada? No es nada.
Usted pose para que escandalice.

Super Cero Lógico
Kristeva Dixit
JMM
II-LLVIII XXI

jueves, 7 de febrero de 2008

Un falso Abel

Por las influencias de San Luis y San Revoluco, se extravió por un momento el famoso corridillo dedicado a Mr. Peregrino. Pero el diablillo bloggercito también tiene su misterio y su rosario de truquitos, y ahí lo devolvemos, de donde no debió salir.


Un falso Abel, un cura idiota, peregrino,
zumba en derredor rompiendo celosías;
es una mosca cruel, invisible mantequilla.
Tardó más en irse, igual, a nada vino.

Como un tunante vago de las letras nulo,
a Papiro metió en fallido jarro, ciego
por el ansioso afán, colarse al cielo.
Flojísimo lector, quizás rascose el culo.

El tiempo olvidará al ilustre mentecato
pues no hallará ingenuos en su lejanía,
y aunque insista en ser MASTER de poesía,
de Letras no sabe nada el mojigato.


Jorge Martínez Mejía
Poeta del Grado Cero

martes, 5 de febrero de 2008

Para los que dudaban de la actitud revolucionaria de Los Poetas del Grado Cero

Para los que dudaban de la actitud revolucionaria de los Poetas del Grado Cero este poema. Qué vivan los santos, los héroes, la orla que rodea a los poetas que mendigan un minuto de gloria, los pordioseros, los banales escritos, la embriaguez de la fama, el licor de las páginas literarias y los informes intelectuales de las casas editoras. Estamos en otro tiempo y las tormentas traen destrucción poética, guerra a los envidiosos que usan encajes en la palabra...
Hemos iniciado la fundación de una nación, no de una logia...hemos decidido cambiarnos a muerte el vestuario...somos más viriles y los poemas de amor terminaron con Madame Flatulé, lánguida mariposa de perro gris, crispado, alineada con el patíbulo de los mojigatos.

miércoles, 30 de enero de 2008

Yo ya soy del Grado Cero a la mierda la literatura

Hola amigos, con un traductor me enteré de la propuesta de ustedes. Es fenomenal...Yo ya soy miembro de la logia a la distancia, les sugiero romper la cáscara del blogger y construir un sitio más amplio. Hasta pronto. Escribo un ensayo para participar en el concurso...hasta la muerte de la poesía.

martes, 29 de enero de 2008

Diez Grados Cero Bajo Ajenjo








El viernes 1 de febrero se destapa la Absente 55 importada por mimalapalabra, Poetas del Grado Cero y Obsesivababel. Desterrados el lugar común y los conceptos fundacionales de la poesía. Todo es nuevo. Invitados. Contactos restringidos. Nuestros puestos son excluyentes. Fuera mojigatos y conversaciones insulsas, tabaco barato y que descansen las birrias.








miércoles, 23 de enero de 2008

Vida y muerte de Roberto Castillo




Gracias a la proverbial gentileza de Julio Escoto, quien nos envió la edición virtual de Áncora, suplemento cultural del diario La Nación de Costa Rica, hoy podemos compartir esta nota de Carlos Cortés, donde el escritor tico rememora con nostalgia a su amigo, el narrador hondureño Roberto Castillo. Además, se incluye la imagen de Roberto Castillo en el metro de París, original del fotógrafo argentino Daniel Mordzinski, quien la incluyó en su libro dedicado a los escritores latinoamericanos, El país de las palabras.


(Mario Gallardo)



El escritor hondureño Roberto Castillo Iraheta murió antes de cumplir los 57 años, en la cúspide de su talento, sin alcanzar el lugar que merecía su narrativa en el contexto centroamericano y siendo casi desconocido en Costa Rica, a pesar de que algunos de sus mejores títulos fueron publicados por editoriales nacionales.
Murió el pasado 2 de enero, como si no quisiera irse del todo del 2007, sin advertir que enero (Januarius) es el mes de Jano, el dios bifronte que ve al mismo tiempo hacia atrás y hacia adelante, y que también es la deidad de las puertas y del tránsito de un mundo a otro.
A pesar de su posición relativamente marginal si la comparamos con la literatura de Nicaragua o la de Guatemala, la hondureña dio, en el siglo XX, dos narradores excepcionales: Julio Escoto (La balada del pájaro herido o la novela Rey del albor Madrugada) y, por supuesto, Roberto Castillo.

En 1996, la Editorial de la Universidad de Costa Rica (EUCR) publicó su mejor volumen de relatos, Traficante de ángeles, “vidas, opiniones y sentencias de genios provisionales”, como él mismo lo llamó, culminación del bestiario personalísimo que inició en 1980 con Subida al cielo y otros cuentos y, en especial, de la notable colección Figuras de agradable demencia (1985). En este libro incluyó las narraciones por las que obtuvo el Premio Latinoamericano de Cuento Plural, en México.

En 1981 se hizo famoso en Honduras con una novela breve, El corneta, su libro más reeditado, y traducido al inglés. Es una parodia exquisita del mal hondureño por excelencia: el ejército y su vinculación tentacular con la sociedad civil.

En 1995 concluyó su segunda novela y su obra narrativa más importante, La guerra mortal de los sentidos. Por avatares editoriales en España, que no vale la pena recordar, tardó siete años en publicarse y no obtuvo la resonancia que él esperaba y que un texto de esa magnitud demandaba, al menos en Centroamérica.

En el 2005, la EUCR recopiló sus mejores ensayos filosóficos, artículos literarios y crónicas bajo el título Del siglo que se fue, y la Editorial Costa Rica publicó, el año pasado, un libro de cuentos que apenas está circulando, La tinta del olvido, y que va de lo real maravilloso a la ciencia ficción apocalíptica. Son ellos dos títulos premonitorios que, a la postre, terminaron siendo sus últimas obras publicadas en vida.

El otoño en París. Conocí a Roberto hace diez años, en París, en días más felices. Desde ese momento me sorprendió su personalidad austera y volcada hacia el interior de sí mismo, características que parecían hacerlo el reverso del escritor centroamericano. Como otros hondureños distantes del Caribe, revelaba el aire formal, un poco español, de un jesuita o del reconcentrado profesor de filosofía que supo ser durante años.

Su afabilidad desconcertante y su carácter amable y pausado, que lo volvían sospechoso de pecados inconfesables para un escritor, parecían incompatibles con la buena literatura. Pero no, no lo era.

Como él mismo decía, nunca pudo despojarse del todo de sus años de infancia y juventud en la ciudad colonial de Erandique, perdida no sólo en el sudoeste hondureño sino en el tiempo, y que le concedió para siempre una pátina de vetusta severidad.

Esos rasgos, un tanto retraídos y –si se quiere– adustos, contrastan con una narrativa pletórica de ironía, sátira social, exploraciones literarias y juegos temporales, al corriente tanto de la evolución del relato contemporáneo y de la novela latinoamericana como del lenguaje coloquial y la esencia de lo que significa ser hondureño.

El argentino Daniel Mordzinski, el famoso fotógrafo de escritores, lo retrató en París: con saco y corbata, chaleco y un impermeable contra la descarnada certeza del otoño. Posa en una estación de metro delante de un tren que no se sabe si llega o si se marcha, con un bosquejo de sonrisa apenas vislumbrada, sin permitirse un dejo de burla, pero tampoco de empatía, más bien contenido, como la única presencia definitiva en un cuadro evanescente.
Roberto se inventó a sí mismo a partir de la literatura clásica de la biblioteca de su abuelo y de la filosofía que cursó en la década de 1970 en la Universidad de Costa Rica.

Provenía de la Honduras profunda, en la que el tiempo circular de los rituales anacrónicos y la violencia más despiadada se dan la mano en formas retorcidas.
Historias de apocalipsis. Un importante escritor francés, Patrick Deville, dedica a Castillo varios capítulos de su novela Pura vida. Vida & muerte de William Walker (2004), y completa el retrato: “Fina barba negra de marino, pelo negro y rostro sonriente, severas gafas de cura, Roberto Castillo manipula con precisión y calma de letrado, filósofo en la universidad de Tegucigalpa y erudito narrador, un enorme Mitsubishi equipado con brújula y altímetro, y un indicador de inclinación del vehículo cuya aguja observamos por las serpenteantes callejuelas del barrio de El Bosque al norte de la ciudad”.

Roberto no fue un escritor de cuentos aislados, sino de libros de cuentos de largo aliento. Desde su primer libro adquirió el tono apocalíptico y el hálito profético que destila su mejor narrativa. Su primer libro, Subida al cielo , contiene su relato más famoso y antologado, “Anita, la cazadora de insectos”, que en el 2002 llevó al cine, sin fortuna, su compatriota Hispano Durón.

En el 2004 nos vimos en Madrid con su esposa, Leslie Jiménez, una mujer extraordinaria como son casi todas las mujeres de los escritores, y desde entonces nos “emiliamos” con frecuencia y compartimos un asiento virtual en el consejo de redacción de una revista también virtual.

La noticia de su muerte, y el tardío antecedente de un tumor cerebral incurable, y la nostalgia, me llegaron de golpe el 2 de enero. Sigo viéndolo bajo la luz indecisa del otoño en París, en un metro que se va para siempre, sin decir adiós.




(http://obsesivababel.blogspot.com)

viernes, 18 de enero de 2008

Un poema del más joven Poeta del Grado Cero



Porque sí

“If you’re going to try,
go all the way.”
Charles Bukowski

¿Por qué tenés que escribir un poema?
Porque tenés que escribir un poema.
Porque es lo único en lo que no das pena.
Porque es lo que te sale.

Tenés que hacer un poema y quitarte de en medio.
Dejar que lo fusilen y que lo violen,
que lo golpeen y que lo toquen.
Dejar que lo humillen.
Dejarlo que llore.

Te matás por hacer un poema y todo para que lo deshagan.
Y luego sentís como si fuera a vos,
porque es a vos,
a vos es a quien joden.

Entonces te das cuenta que te matás sólo para que te maten.
Te matás para que te maten, a vos y a tus poemas.
Así es, así ha sido y así será siempre.

No hay que tener miedo, aunque el miedo te esté comiendo.
Tenés que escribir un poema.
Tenés que hacerlo.

Darío Calix, "el cipote"

jueves, 17 de enero de 2008

mimalapalabra ha muerto


Adiós a mimalapalabra

"Hartos de las pobres y malas palabras, pero sin perder el hábito de la carcajada...". Así comenzó, hace ya algunos años, una aventura ético-literaria llamada mimalapalabra. Y mantuvimos la imprescindible integridad necesaria para sobrevivir con dignidad en un medio tan pendejo como el nuestro, donde cualquier indigente mental se cree compelido a cumplir un destino natural al proclamarse como el único salvador posible de la poesía.

Y nos reímos a carcajada batiente de tanto palurdo aspirante al Nóbel, de tanto publicista confundido entre el verso y el eslógan, de tanto epíteto bancario, de la poesía macdonald para llevar, de versos a-fónicos, de papeles sin arte ni oficio, de idiotas anónimos y de amargos peces trasnochados...

Luego vino la etapa en La Prensa, donde tratamos de mantener nuestro ideario ético-estético y, hasta hace muy poco, todo marchó bien, con disensos y asperezas que fueron sorteadas con cierta gracia, con sentido común y solidaridad. Pero el retiro de uno de los editores responsables y una infausta manipulación provocaron que la última edición de mimalapalabra fuera usurpada por las opiniones de un diletante -apenas disfrazadas por los tímidos balbuceos de un anónimo partenaire- celebrador de los antivalores literarios que hemos combatido desde siempre.

Por esa razón hemos optado por abandonar la nave de la mala palabra mimada, al menos en su actual formato impreso, donde no tenemos la garantía de que los ideales que dieron vida al grupo puedan sobrevivir en medio de las absurdas presiones mediáticas y una cierta ingenuidad colindante con la abulia malsana. Tal vez en fechas próximas tengamos lista una agradable sorpresa.
Hasta entonces, adiós...

Mario Gallardo









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lunes, 7 de enero de 2008

Conferencia libre sobre Roberto Castillo. Inmemoriam

La literatura, esencialmente, es humanidad

Sería muy dificil hacer un comentario sobre Roberto Castillo, sobre él o su obra, en un espacio tan reducido como el de un blog, tan reducido a la vez, como el de los poetas del grado cero. No es posible. Pero sí puedo adelantar que he leído Sus libros publicados, y aunque no soy experto en literatura, sino un lector curioso, tengo algo que decir al respecto. Creo que Roberto Castillo es un maestro de las letras, no un genio, pero sí un maestro muy refinado. Quizás el mejor narrador de los últimos tiempos compartiendo espacio con Horacio Castellanos Moya. Sin embargo, sigo lamentando su afincado gusto por el realismno mágico, muy al estilo de Gabriel García Márquez, quizás con un toque más realista que mágico, pero en fin, retratando los dispersos paisajes de un macondo fragmentado. Es un maestro de la metáfora y del diálogo, un gran constructor, un arquitecto en la Guerra Mortal de los Sentidos, pero es demasiado evidente cuando utiliza retazos de nuestra vida que constituyen lugares comunes. De hecho, creo que, como dice Roberto Quesada, ha tomado literalmente algunos pasajes de la vida real de su pueblo natal y los ha llevado a las letras con una auténtica capacidad para recrear el mundo mágico de su realidad. Yo no soy bueno para retratar a nadie, ni creo que valga la pena que a estas alturas ustedes crean que sé mucho sobre lo que digo, sin embargo se trata de ser honesto o al menos decente. Debemos seguir leyendo a Roberto Castillo, pero, sobre todo, tratar de descifrar su misión en la literatura, ya que no creo que sólo fuera el producirnos satisfacción lúdica, sino encontrarnos en sus escritos, como los tristes parias que habitan una tierra abandonada a su suerte: Honduras. Perdonen que no tenga mucho orden, ya sé que algunos se van a reir con esto, pero al igual que muchos de ustedes, admiro a los que escriben, no sólo por amor al arte, porque la literatura, esencialmente, es humanidad.

Luis Fermín Morales



De la obra que nos queda


El 31 de julio del año recién finalizado recibí un correo electrónico de Roberto Castillo. Me decía que acababa de leer mi reseña sobre su novela La guerra mortal de los sentidos y que encontraba, con independencia de lo que tenía que ver con su trabajo de narrador, mis puntos de vista “lúcidos, poseídos de un genuino ímpetu renovador y unlenguaje limpio y preciso”. (Uf! Imaginen la burbujita de mi ego inflándose a la par de los latidos en el pecho). En las últimas líneas del mensaje me pedía que le proporcionara mi dirección postal para enviarme algo que podría ser de mi interés. Fue tan grande mi alegría que le respondí de inmediato con un correo emocionado y algo excesivo en su extensión, de lo que, luego de teclear “enviar”, me arrepentí. En mi correo yo le hablaba de mi admiración por su obra, le comentaba que justamente estaba leyendo una novela de Patrick Deville, titulada Pura vida, en donde él aparecía como personaje y amigo del narrador, y le informaba incluso que una amiga tenía intenciones de publicar su tesis de licenciatura sobre su obra. Para entonces no había ocurrido nada todavía. Él se mantenía alejado del mundanal ruido escribiendo su tercera novela y nosotros ya le habíamos hecho un homenaje en nuestra sección en diario La Prensa: dos páginas con un fragmento de La guerra mortal de los sentidos, tratando de devolver a los lectores del periódico algo del enorme placer que había representado para nosotros la lectura de esa magnífica obra. A partir de la semana siguiente, cada día al llegar a casa a las ocho de la noche, abría la puertecita de mi buzón esperando encontrar en su interior el paquete enviado por Roberto Castillo. Pero no llegaba. Recordé que un amigo me había mencionado algo acerca de ciertos problemas relacionados con el Correo Nacional en Honduras, y después de que el escritor me enviara otro email preguntándome si ya tenía en mis manos el envío, le respondí que no y que era probable que se debiera a esos problemas aludidos por mi amigo. Pero un día, después de revisar sin demasiadas esperanzas el interior de mi buzón y comprobar que tampoco había nada, subí las gradas del edificio hasta el segundo piso, abrí la puerta del apartamento, me dirigí a mi cuarto y, sobre mi cama, estaba el paquete enviado desde Honduras por Roberto Castillo. Mi hermano lo había dejado ahí. Dentro estaba el último libro de ensayos de Castillo: Del siglo que se fue, con una postal en donde se ve a una alfarera lenca de Cofradía, Intibucá y se lee la siguiente dedicatoria: “Estimado G. R.: me da mucha satisfacción hacerle llegar este libro. Saludo cordial, Roberto Castillo”. Recuerdo haber tenido ese libro en mis manos durante un breve momento del año 2005 en la librería Guaymuras de Tegucigalpa. Al descubrirlo ahí, con su discreta tapa color café, me sorprendí y pensé que era una lástima que para un libro de ensayos de un escritor tan importante no hubiera mayor esperanza de llegar a los lectores que a través de su simple colocación en la librería de un país en donde muchos, como yo entonces, no disponen de dinero suficiente para comprarlo y tienen que conformarse con sopesarlo, leer la contraportada, echarle un vistazo a sus primeras palabras y finalmente devolverlo al estante, en medio de otros libros que probablemente también pasarán mucho tiempo inadvertidos.

En los últimos días me llegaron algunos emails en donde mis amigos me anunciaban la noticia. Antes me habían hecho saber que Roberto Castillo estaba muy enfermo, y de alguna manera presentíamos lo que sucedería. No podemos evitar esa mala costumbre de dedicarle a los muertos nuestras mejores palabras, ni de dejar para el último momento (o para después del último momento) las dedicatorias, los aplausos y los homenajes. Yo sólo puedo decir que lo mejor sería leerlo, o releerlo, y para los que alguna vez tuvimos la oportunidad de conocerlo en persona, también recordarlo (no olvido su figura imponente, parado frente a una cátedra en el Museo de Antropología e Historia el 2002, hablando sobre La guerra mortal de los sentidos, no sé si antes o después de su publicación, con una voz fuerte, muy fuerte, y con un entusiasmo desbordante, hablando sobre los hombres lencas borrachos en la orilla de la carretera, hasta donde sus mujeres van a levantarlos, sobre los ángeles y don Juan Diego Eleudómino de la Luz Morales, sobre cipotes como Chorro de Humo, sobre el Buscador del Hablante Lenca, sobre la molonca…)


Giovanni Rodríguez



Como Roberto Castillo quedan pocos, si no ninguno


Se nos acaba el tiempo y es un lugar común rendir homenaje a los que mueren. Nuestros escritores se van sin haber dado a conocer su obra. Si echamos un vistazo, al igual que Rodolfo Pastor Fasquelle, nos enteramos que el panorama intelectual hondureño tiende a reducirse sin traspaso de mando a las generaciones jóvenes. A éstas, las caracteriza la ligereza para el juicio, para la publicación, la efímera búsqueda de la fama. De hecho, hay una contraposición de valores entre la generación mayor de literatos y la que está a punto de asumir el protagonismo intelectual. Roberto Castillo, al igual que escritores como Ramón Oquelí, son un modelo en peligro de extinción. Modelo por el compromiso y la disciplina, por un oficio intelectual constante y consistente, por el fervor auténtico de hacer valer las letras, es decir por una entrega total. Sinceramente, dudo que pueda revatirse el hecho de que estamos al borde de una crisis de la intelectualidad en nuestro país. La premura con que se realizan los eventos literarios como para salir del paso, la falta de estudio crítico de literatura, la carencia de medios de difusión literaria, la misma incipiencia y falta de seriedad en los estudios mostrados en algunas revistas literarias, la indigencia intelectual de una generación de escritores sin criterio, imberbes o imbéciles, sin capacidad para salvar las apariencias y hundirse en la profundidad del arte. Las premiaciones estúpidas a escritores sin obra y sin nombre, las publicaciones de pseudoescritores y poetas, dizque reconocidos, únicamente para estafar a un público de lectores cautivos de las universidades. La misma actitud que encontramos cada vez que iniciamos un pequeño ataque para despeinarle la rémora a una pseudointelectualidad mojigata, que se inflama cada vez que se le señala, pero que únicamente es capaz de retorcerse en su nada por su falta de capacidad para enfrentarse. Todo nos indica que a la literatura hondureña la envuelve una especie de futilidad, únicamente franqueable con la actitud del intelectual ermitaño que se encierra en su torre con un pan repudiable y un poco de vino mortal. La idolatría de un paradigma y una época muerta, particularmente de cierto modernismo parece abalanzarse contra todo aquello que suene distinto o que intente refrescar las letras. La partida de un escritor como Roberto Castillo nos pesa por esa sensación de pérdida de un modelo al que siempre hemos aspirado y de los cuales quedan pocos, si no ninguno.


Jorge Martínez Mejía



Una despedida a Roberto Castillo

Me resulta difícil despedirme de los muertos. Y me rehúso a hablar sobre los féretros porque, cuando se me hincha el alma de dolor amoroso, me pongo chillón e incoherente. El último día del año me tocó despedirme de mi admirado tío y padrino “El Ingeniero” Héctor Bueso A., héroe del desarrollo de Occidente, victimario del último tigre que rondaba las montañas de Copán y víctima de unos estafadores extranjeros, por cuya perfidia incluso llegó a renegar de la Virgen del Cobre, con quien viví algunos de los mejores meses de mi infancia y a quien, aun de viejo y aunque no me ayudó nunca en la política, emblanquecidos mis cabellos, saludaba yo juntando mis manos, como se nos enseñaba a los niños criollos a saludar a los padrinos. Un hombre cuya independencia, vitalidad y alegría, espíritu innovador y emprendedor quedó, de todas formas, encarnado y bien recordado por su hija y mi prima Claudia, a quien abrazo aquí. Una vieja superstición dice que las almas de los difuntos deambulan tres días entre nosotros y otra asegura que un muerto “nunca se va solo…que siempre se lleva a otro”, por despecho o caridad. Esta vez fue por caridad.

Dos días después, en el primer día laborable del año, me llega la noticia a secas de que tengo que asistir al funeral de mi amigo y hermano Roberto Castillo, hondureño originario del Occidente profundo, en donde se había criado de padre también salvadoreño, como el de Roberto Sosa y el de Horacio Castellanos. Castillo Premio Nacional de Letras en 1992, a quien en más de una ocasión recuerdo haber calificado (para irritación de amigos comunes menos generosos) como el mejor escritor del país, Maestro Emérito. Un hombre que, como decía él de Oquelí cuyas obras reseñaba con reverencia, “jamás ha creído que la verdad resida en él o en capilla alguna…sino que es una empresa a edificar, de la que nadie debe ser ajeno”. Genuino pensador igual que Ramón, a quien también llamó, autorretratándose, “presencia viva y no un cuerpo de esquemas en conserva…lector voraz, hombre de ideas, abierto, sin perjuicios”. Atento a la razón. Pero de convicciones firmes, indispuesto al acomodo reptil.

Roberto se formó en Costa Rica como filosofo y enseñó esa materia muchos años antes de retirarse de la UNAH (“abrumada” escribía Castillo, “por una falta de claridad en todos los órdenes”) para dedicarse a su obra literaria y creadora. Durante años había dirigido con Augusto Serrano y Atanasio Herranz un suplemento literario “La Palabra en el Tiempo”, en Diario Tiempo, en donde lo conocí por primera vez y años después impulsó y participó en la aventura de la revista “Umbrales”. Fue compañero también en el Instituto Rafael Heliodoro Valle, para el cual editó la revista Paraninfo que, aunque sea en su honra, deberíamos de reactivar los que nos hemos distanciado pero compartimos su amistad, sus entusiasmos y su sinceridad.

Después, Roberto optó por la literatura como vehículo de su mensaje personal. Primero con el género cuentístico, recuerdo El Corneta, Traficante de Ángeles, (con eruditos pies de página inventados) algunos cuentos, tan exitosos que se han convertido en cortometrajes. Después aspiró a la novela y se consagró con su penúltima obra La Guerra Mortal de los Sentidos, Subirana, 2002, editada en El Salvador al mismo tiempo y que yo considero la obra de literatura más importante escrita en Honduras en el siglo XX. Al final, regresó al ensayo, que es el género que compartimos. Una obra coherente, preocupada por desentrañar y enaltecer el más profundo sentido de nuestra cultura, nuestra costumbre y nuestra historia, para lo cual Roberto, más que dedicarse a pulir frases o sorprender con juegos de palabras, consagró muchas horas al estudio en el archivo y en la investigación de campo, a la reflexión sobre la cotidianeidad del filósofo y sobre la memoria personal y colectiva de una geografía rebautizada: el Gual, que alguna vez dije que era el Trifinio, hoy en manos de Elvin Santos.

No compartimos muchas veladas de bohemia porque, a diferencia de otros amigos y compañeros incluyendo a casi todos los mencionados aquí, ni él ni yo fuimos, al menos de viejos, faranduleros ni amigos de francachelas, pero sí unas cervezas (porque no había buena chicha de guacal en la ciudad) y el cariño fraterno que induce la capilaridad del simposio, para hablar de las cosas que nos importaban y nos maravillaban y nos hacían reír y las que nos entristecían… “anudadas” dice Castillo “en torno a la frase de Guillén Zelaya”, sobre “esa cosa triste que es Honduras”.

Como intelectual y ciudadano, además, Roberto Castillo cumplió tareas cívicas, no advertidas incluso por la mayoría de nuestros amigos, no digamos de la población en general. Cuando Manuel Zelaya, entonces candidato, en gesto temerario, me confió la tarea de preparar la versión final de su Plan de Gobierno titulado “El Poder Ciudadano”, algunas de cuyas promesas están pendientes, me rodeé de media docena de amigos y recluté a Roberto Castillo como editor final. Y él introdujo en ese Plan, la urgencia de impulsar la integración centroamericana y de construir, mediante una ciudadanía real, una convivencia social y política, más allá del sectarismo, que nos permita vivir en paz genuina. Eran unas cuantas frases, llenas de luz y nobleza, conmemorativas de las tesis de Oquelí, que imantaron el texto. Después coqueteó un tiempo (meses) con aceptar, pese a su mal sueldo, la dirección de la Biblioteca Nacional que han ejercido, en este gobierno, primero José A. Funes y ahora Eduardo Bhar. Pero me confió que se sentía enfermo y declinaba el ofrecimiento que agradecía y le parecía honroso. Y sirvió hasta el último minuto como miembro del Consejo Editorial de la Editorial del Ministerio de Cultura.

Roberto fue uno de los mejores seres humanos que he conocido. Nunca quiso hacer méritos a costa de otro. Así como dice Luis que habría que hacerle una estatua al ingeniero Bueso en Copán, hay que hacerle una estatua a Roberto Castillo, genuino héroe cultural, alma bella y noble, animosa y despejada de tinieblas, sin grosería ni afectaciones, sin complejos ni miserias. Pero habría además que construir alrededor de esa estatua y de otra dedicada al maestro Oquelí, una institución de estudios superiores de las humanidades. Porque vamos quedando pocos y sin los alumnos que hacen falta. Porque andan muchos por ahí pero ensimismados, sin la llaneza o el rigor intelectual que se requiere, asustadizos e inocentes, faltos de estudio o de reflexión o de ambas cosas.


Rodolfo Pastor Fasquelle



Orbis se rinde a la memoria de Roberto Castillo

Demás está decir que mi generación entró en el templo de la narrativa hondureña de la mano de Roberto Castillo. En las aulas del colegio, en el hervor de San Pedro, muchos descubrimos maravillados al Hombre que se comieron los papeles y sentimos -más que la ignorancia ambulante- el abandono y la nostalgia por lo indecible de El corneta. Más tarde, reclutados y confinados en las barracas, lo sentiríamos en carne propia y escribiríamos nuestros propios finales. Roberto es el ejemplo más claro de que una vida dedicada a las letras y al pensamiento solo pueden conducir al reconocimiento total de todo un país, más allá de las intimidades generacionales y de parentesco. Como esperan nuestros lectores, Orbis se rinde a la memoria de Roberto Castillo, su vida y su obra de enorme peso en la historia de la literatura y del pensamiento nacional. Los que lo conocieron y trataron, y aquellos que solo vimos de lejos su modesta e indeclinable gloria, sabemos que la obra de Roberto ahora verdaderamente comienza; sus palabras no se rinden ante la muerte y muchas, para nosotros, están por venir. Pastor Fasquelle se une al duelo con palabras exclusivas.

Felipe Rivera Burgos



Del tiempo cada segundo es irreparable. La sombra ronda una vez más y es el momento de la Guerra Mortal de los Sentidos.

Anabel Costa


Una vez el poeta del tobogán de cartón me confesó que él escribió, antes que Roberto Castillo, El Corneta, pero que nunca hubiera sido igual. Con Roberto Castillo vivieron sus mejores momentos en la Biblioteca del abuelo, en Erandique. Nunca se pudo averiguar esta versión ya que el poeta del tobogán de cartón se dedicó a la cerveza, en El Níspero, Santa Bárbara. No obstante, sí recuerda que las lecturas preferidas de Roberto Castillo eran filosóficas, como las de él: Pitágoras, Lefevre, Gabriel Marcel, Hegel, Kant, Hume, Descartes, Schopenhauer, Niestche, Sartre. Hablaba con propiedad. Roberto Castillo era alrededor de diez años mayor que él y había abandonado Erandique más temprano. Cuando el poeta del tobogán de cartón me encontró leyendo El Corneta, me habló de los tinguros y se desplazó hacia los personajes como si él mismo fuera uno de ellos. En la Normal de Santa Bárbara le llamábamos El Filósofo. El poeta del tobogán de cartón es mi hermano mayor, él me presentó a Roberto Castillo, pero yo nunca lo conocí en persona.


Salomón Pérez Rivera



Realmente creo que Roberto Castillo no estaba tan alegre con la producción de Anita la Cazadora de Insectos, llevada al cine por Hispano Durón, creo que tenía en mente otra cosa. Roberto Castillo se merecía y se merece mayor fidelidad.


Elmer Palacios (Contador Público y Profesor de Español)



En una ocasión, conversando sobre Filosofía, Roberto Castillo me habló de la importancia de la Historia en la construcción de la consciencia, pero ejemplificó con nuestra misma infancia, en Erandique, donde, de manera similar a Borges, convivimos entre libros. Desde ahí conocimos el mundo, la Historia. Roberto Castillo aún se acuesta sobre los costales llenos de café, en las bodegas del abuelo, en Erandique, parafraseando a Lefevre a Sócrates o a Parménides. Yo era un allegado, pero con el mismo afán. Quizás por eso me decían filósofo estos cabrones.


Luis Enrique Pérez (Poeta del Tobogán de Cartón)



¡Qué pena! Yo casi no he leído nada de Roberto Castillo.


Don Nadie

viernes, 4 de enero de 2008

Nuevo hallazgo literario de paispoesible

Luis Libre, una rial amenaza para derrocar al mortal Roberto Yuca
en abierta contienda poética en la Penitenciería Nacional

Primera Muestra


Dos tizones y un chispazo de amor

Cuando mis ojitos de tortolito te miran,
madre,
se me nublan los tamales en boscosas matas
como si fueran dos tizones
o la mecha del cuete navideño
haciendo un ¡Booom! de amor, por ti…
mamita.

Luis Libre

Roberto Sosa ha muerto para la poesía hondureña...



Roberto Sosa ha muerto para la poesía hondureña... el mejor poeta vivo de Honduras es otro anónimo, como todos nosotros, pero del nuevo queso lastimosamente no tengo aún su nombre, pero sé que lee en el mercado Los Dolores cada mañana y por las tardes alterna recitales entre la Penitenciaría Nacional y el parque central, dependiendo del hambre que tenga. Bienvenida la nada otra vez en la poesía hondureña, muerte a la gritería intrascendente del capitalinismo hondureño.




3 de enero de 2008