Esta novela trata de un grupo de
siete escritores que, sin saberlo, se encontraron en una época en la que
todavía se creía en el poder mágico de la palabra, es decir, en la poesía. Sin
embargo, paradójicamente, nadie podía encontrar magia ni encantamiento en las construcciones poéticas, porque estas se alejaban tanto de la vida misma que no eran más que subterfugios lingüísticos, meros malabares sin vinculación alguna con la existencia. A pesar del esfuerzo de
los poetas que envejecían luchando cuerpo a cuerpo con el vacío de la página en
blanco, dibujando las más atrevidas y dramáticas imágenes, hurgando entre los
escombros de los más sublimes o malditos abuelos de la poesía; la verdad estaba
tan a flor de piel que era imposible obviarla: la poesía estaba
irremediablemente muerta.
Era un tiempo posterior a la
época conocida como “la nueva era”, tiempo de reencuentro del hombre con los
relatos mágicos de las culturas no occidentales, de la búsqueda frenética y, de algún modo, apocalíptica del “origen”. En suma, es este mismo tiempo que vivimos
y en el que nos es verdaderamente imposible creer que la palabra pueda hacernos
sentir el éxtasis que experimentaron nuestros abuelos. Lejos había quedado la
gastada puesta de sol que tantas postales y suspiros hizo cruzar entre los
océanos, lejos la oratoria opulenta y el aplauso. Ser poeta era el peor símil
de un hablador de bazofias enfermizas. Y, no obstante, nadie lo había notado, o
al menos nadie había tenido la franqueza de decirlo de la manera más directa.
Hasta que llegaron Los Poetas del Grado Cero, un grupo pequeño de lectores
diversos que, de alguna manera, intuían lo que pasaba y que, al igual que los
otros poetas, escribían en los gastados cánones de la tradición literaria.
Aquella vez, el pequeño grupo de
lectores se esparcía en la covacha instalada en pleno centro de la ciudad de
San Pedro Sula, en la recóndita república de Honduras.


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