miércoles, 25 de enero de 2017

LA ESPERA IMPOSIBLE EN LA POESÍA DE MURVIN ANDINO




Ilustración de Jeff Brown, Antig


 






Por Jorge Martínez Mejía




Dios continuó diciendo: «Yo soy el Dios de Israel. Pídanme lluvia en época de sequía y yo haré que llueva en abundancia. Yo soy quien forma las tormentas y quien hace que los campos produzcan.
Zacarías 9:17




El año 2009, Murvin Andino me sorprendió al pedirme que presentara su primer libro de poesía Corral de locos, un exigente conjunto de poemas que habíamos venido leyendo desde su gestación, en compañía de Gustavo Campos y Rose Arévalo, me refiero a los años 2007 y 2008; tiempo en que sospechábamos de cualquier poema y de cualquier poeta y de la poesía misma que estaba en cuarentena.

Corral de locos se abrió paso en medio de la indiferencia, la desolación y la desesperanza, pues a la sociedad de San Pedro Sula se le nota la tristeza a pesar de sus esfuerzos fiesteros.

En aquella ocasión en que presentamos Corral de locos ante un grupo reducido de lectores y hacedores de literatura, lo supimos; por más que intentamos persuadir a Murvin del error de hacer poesía, él, como si le hubieran dado la contraseña de un tesoro, se dedicó a crear con más ahínco, sumergiéndose más profundamente en sus adentros, en los insondables recovecos de su alma perdida.

Corral de locos prefiguraba los rasgos de Murvin Andino como una voz oscura, reflexiva, existencial, dolorosa y huérfana, como si se buscara a sí misma o se perdiera de tanto encontrarse. La sensación del extravío siempre ha sido la clave en la poética de Murvin Andino. En Extranjero (2011), nos sorprendió el tono confesional de un hombre que lo ha perdido todo y se percibe extraño en su propia casa, como si al dar uno, dos o tres pasos, y tornara sobre ellos, su casa, siendo la misma, era otra en la que la percepción del exilio se le abalanzaba con signos de locura. Desterrado de sí mismo, extranjero en su casa, Murvin Andino ha sabido sorprenderse de cada una de sus experiencias y nos las ha compartido con un refinado manejo del registro de sus tonos emotivos, de su reflexión existencial. En cada uno de sus libros publicados: Corral de locos (2009), Extranjero (2011) La isla dividida (2015), ha contado con el cuidado de un hacedor consiente de sus recursos. Cuidadoso del ritmo, espontáneo en los giros, profundo en la reflexión, sugerente en los tonos, persistente en la tensión, y a veces carente de organización en la estructura, como mostrándose caótico, o tocado por cierta perversión.

La estación tardía es su nueva propuesta literaria. Desde el título, el poeta nos instala en la precaria condición de estar sujetos a una fuerza inasible, invisible; arcana y próxima. Son los hilos de la existencia misma y un panorama fatal que se avecina. La estación tardía es esa fase final de la primavera en que la lluvia se retrasa y el hambre se acerca. De ahí los epígrafes de Zacarías, el profeta nacido en Babilonia, quien profetizó la traición de Judas por treinta monedas, y la ruptura en dos del Monte de los Olivos.

A través de Zacarías, Dios invita a los hombres: «Yo soy el Dios de Israel. Pídanme lluvia en época de sequía (la estación tardía) y yo haré que llueva en abundancia. Yo soy quien forma las tormentas y quien hace que los campos produzcan». (Zacarías 9:17).

Pero no se trata de la voluntad de Dios, en la obra, no es un texto religioso, solo hace alusión a la sensación repugnante de estar a la espera de la nada, a expensas de la insondable proximidad de la muerte. Por esa misma línea de pensamiento se vincula el epígrafe que abre el libro y que corresponde a una frase de Frida Kahlo: Espero alegre la salida y espero no volver jamás.  

Cuando Frida Kahlo escribió esta memorable frase en su diario personal, estaba en su lecho de agonía. Se refería al momento preciso en que tendría que abandonar este mundo, porque la proximidad de la muerte era ineludible. Pero hay en Frida suficientes razones para odiar la vida. Su existencia cargada de caídas abismales, golpes brutales, oscuras estadías, enfermedades incurables, choques con tranvías, confinamientos, traiciones y falaces expectativas. La esperanza estaba perdida.

Todo este marco alrededor de La estación tardía, nos anuncia hacia dónde va el vuelo en la lectura. Mi propuesta, mi propia lectura, es que se trata de una imposible espera. No hay recursos creíbles, al hacer el cálculo de posibilidades, para que la espera valga la pena. Y no obstante nada más hay, solo eso nos queda. Atrapados en la miserable condición humana, a ningún lugar podremos llegar con la esperanza, a menos que sea la misma cama en que habremos de caer muertos. Ese es el planteamiento general en La estación tardía

Si nos atenemos a los sustantivos clave de La estación tardía, los contenidos temáticos nos ubican en la soledad, la percepción de la maldad, la brutalidad de la noche, la pudrición de la carne, la experiencia vital del veneno, el sentimiento del odio, la sensación del vacío, la herida y la caída de la sangre, la lentitud del tiempo, la proximidad perpetua de la muerte, la experiencia absurda en la ciudad, la percepción de un destino anclado en la nada. Y contrapuesto a esta temática, con menor insistencia, la experiencia del amor, la claridad del día, la llegada de la lluvia, la canción del poema, la palabra como tabla de salvación, y la posibilidad de la vida.

En la oposición de estos contenidos temáticos, Murvin Andino fragua su propuesta poética. En el primer apartado La estación tardía, el poeta inicia su narración mostrándose él mismo, solo, acompañado apenas con su vida y las cosas comunes. Y se ubica en un futuro incierto desde el cual se mira en retrospectiva, aún joven y con energía, despertando a la fatalidad de las cosas y a la inmanente presencia del odio. El golpe continuo de los días cruzando la cotidianidad y aproximando la fatalidad de la muerte. Sin embargo, carga un frugal aprovisionamiento de amor como única arma para enfrentar el destino. De ese modo exclamará para sí mismo:

Tengo amor,
tengo sueños para un país que se acaba,
la infamia,
tengo la existencia pulida de muerte,
el odio,
el óxido radiante de los años,
la soledad,
el amor sufrido
y la necrópolis que no vencimos,
que inyectó el vacío como un veneno lento e inverso,
como un indómito relámpago. 

(La estación tardía, pág. 5)

Pero en su canto se percibe un débil yo colectivo impotente y un nosotros casi derrotado:

… la necrópolis que no vencimos,
que inyectó el vacío como un veneno lento e inverso…


(Idem)


En el primer poema reflexiona intentando descubrir el secreto que se oculta detrás de su propia experiencia pasada. En No me quiero marchar se ve a sí mismo batallando con el poema, su arma fallida, asociado a la vida como única evidencia de sus acciones. Reflexiona y cuestiona la certeza de su propia existencia. Bien se podría pensar que es posible no exista, pero se alumbra, se identifica y se percibe real, existente y portador de vida.

He intentado esconderme,
negarme a esa frontera que entendí
                                            como esencial.
He postergado el rito,
el paroxismo,
la infame ruta de cada sentimiento.

(No me quiero marchar, pág. 7)

En este intento por descubrirse a sí mismo, por evidenciar su propia existencia, se da cuenta que es posible que una criatura como él tal vez no exista o no debería existir. En esa geografía inventada, su existencia se difumina como certidumbre de lo imposible.

Sólo el insomnio me redime.
Resisto otra condena
y el desorden que amortaja espejos,
llanto, raíces;
las llagas del mundo
que fue adquiriendo mi cuerpo
en este rumbo que podría no olvidar.

(Idem)


El poeta descubre que tal vez él mismo sólo es un recuerdo, un invento que corre el riesgo de olvidar o recordar.

En el segundo apartado Estancias y despedidas, efectúa un profundo acercamiento solipsista y se ofrece con una intensa meditación que lo aproxima un poco más a la certeza de su inexistencia:

¿Quién desciende hasta su noche
y se baña tras la mirada atónita del espejo?
¿Quién despierta cada madrugada y susurra su nombre
como una sensación lunar?
¿Quién obstinado, tierno o brutal se desvanece para ella?
¿Quién asume el mando de su esperma y la reinventa
en otra luna sin pisadas tristes ni caprichos?
¿Quién repite un nombre
como verdad cíclica del amor,
quién susurra que mi soledad aguarda como un gambito,
como un alfil diestro,
como una torre que se apresta a no extrañarse en su combate?

(Etcétera, pág. 16)


El poema al que se hace referencia está dedicado a una mujer, y el poeta viaja a su propio pasado para cuestionar la validez del recuerdo. Consagra este recuerdo de aparente factura amorosa únicamente para desentrañar la autenticidad de su sentimiento poético, o lo que es lo mismo, para cuestionar si su invención del mundo tiene alguna consistencia a partir del recuerdo.
Haciendo un esfuerzo de observación sobre la relación entre sus meditaciones y la construcción del poema, puede afirmarse que hay casi una invasión del autor, es decir, de la realidad exterior al poema, que intenta escudriñar la realidad existente en el poema mismo como única realidad del poeta; es decir que hay una posible intencionalidad metapoética intentando convertirse en juez para verificar la validez de la vida.
Pero insiste en la obligada tarea de reconocerse en su propia obra, ejerciendo un mando reflexivo sobre su propia condición de existir sólo en el poema. En el poema Intento su nombre como una pasión furtiva, que dejamos ver íntegramente, lo vemos desplazarse sobre los espacios en donde podría haber dejado su cuerpo muerto:

Amotinado y sin salida,
aguardando la caricia,
el corazón impúdico
o la mirada que concluya el desencanto de la sangre.
Vertiginoso, como una noción brutal,
me desintegro,
vuelvo al polvo como quien vuelve
tras horas de incansable soledad.
Oscurecido, arcaico,
recorriendo cementerios y escenarios,
regreso atónito, rodeado de murmullos.
Me resisto a conspirar contra los fósiles
                      que preceden mi estructura.
Me resisto a continuar.
Esa etapa lúdica y frenética
me marcó con criminal obsesión.
Descubrí el amor como exacta bandera
                                             contra el miedo
o la urgencia del destino.
Amotinado y sin la voz precisa
retorno a esa edad que asumí perecedera.


(Intento su nombre como una pasión furtiva, pág. 20)


Es impresionante su descubrimiento. El poeta observa la importancia del quehacer poético y su afán creativo que lo ha absuelto del confinamiento a deambular solo, y reivindica la vida real en el poema, único lugar donde el amor se encuentra consigo mismo, amotinado frente a la realidad exterior.

En el tercer y último apartado, se preocupa por el legado de su experiencia poética, y se abre frente a la experiencia adversa con mejores instrumentos, con mayor disposición, dueño de sus falencias, particularmente de su miedo, que finalmente ha dominado, lo mismo que las visiones nefastas de una vida caída en desgracia.
En Necrópolis dirá:


Qué es lo humano, me digo,
y comienzo otra vez a desplegar esa verdad,
las infamias vitales y esenciales.
Comienza otra vez ese bullicio
incendiando las raíces del mundo.
Se revierte la ciudad,
se detiene la sangre,
volvemos exactos y convulsos.
El sueño acaba
y la realidad dispara a la sien
su cartón, su jeringa, su dosis de odio
y se cae otra vez en el estrecho círculo.

(Necrópolis, pág. 29)


Pero ya no existe la sensación del miedo, solo su presencia, también persiste la destrucción como insignia de la nefasta vida. Ya aquí el poeta puede circular o rondar por los meandros de las ciudades, mirar en el cielo la luna enfermiza y vigilarla. Ya ha superado la estación del miedo. Hay una perceptible aceptación del mal en la vida cotidiana.

Tengo preguntas y visiones,
el tiempo consumido
y otros demonios de ternura inalcanzable.
Tengo la cordura,
el anfitrión maligno que comparto.
Sin embargo, he contenido el fuego,
la condición de vagabundo,
mis erratas comunes y dolientes.
He conocido el ciclo de la noche
para despreciar el amor,
las canciones de veneno irregular.


(Te estoy hablando a ti, pág. 30)


Es notorio que en el título de este poema, el poeta haga la flexión y se revierta hacia sí mismo, como desde el interior del poema, hacia la realidad exterior.
La profundidad de esta tercera parte, no radica en la sensación de la experiencia existencial dolorida, sino más bien, en la aceptación de una realidad circundante que el poeta ya ha asimilado y está dispuesto a ofrecerle frente, sin lamentaciones. Ahora cuestiona su entorno y se cuestiona a sí mismo en la palabra, se siente dueño de sus argumentos como poeta y como hombre. Ya ha conocido su mundo interior, está despreocupado y se observa con mejores condiciones para abordar su propia subjetividad en el poema.
Es esa línea de mayor capacidad para vislumbrar con mejores facultades y pericias al entrar y salir de su propia existencia y la de otras realidades, la que hace de La estación tardía, un libro con cierre magnífico y brillante.


Busco un camino,
acortar el alarido de batallas anteriores,
el espacio donde aguardan
los hijos finitos de la muerte
e intento no caer de nuevo en ese vicio de creer,
de acostumbrarme,
de llorar,
de morir.


(Nadie termina su canción, pág. 33)


En uno de los últimos poemas dirá:

Intento una canción
o la mujer sentimental que me desande.
Llegar fugaz bajo la lluvia
hasta el hogar perdido y reinventarme.


(Intento una canción, pág. 39)


Hay una cartografía en La estación tardía, una ruta por la cual se puede navegar en sus páginas percibiendo un hilo conductor que va desde la desolación y la desesperanza, como norte existencial, hacia una aceptación de la condición inmanente al ser, es decir, una aceptación de la condición de muerte, como parte de la vida. Este sentido es muy poético porque nos lleva en un oleaje existencial, concebido en sus acepciones más desesperadas e inhóspitas, hasta el encuentro con un puerto perdido, nuestro propio cuerpo o nuestra propia cama.


Detrás,
desorientando la orilla supersónica,
está ella en su letargo,
concluyendo la materia con la fuerza brutal
                                   que poseen los muertos.


(Asciende el sol, pág. 41)

Un cierre perfecto en esta línea cartográfica de La estación tardía lo constituye el último poema de la colección:

 


En el valle de las sombras de muerte


“Vas a morir como un ganglio de luz que se ha vuelto loco…”
Papasquiaro


Se puede enarbolar el miedo,
disipar ansias,
soportar ofensas y otros horóscopos.
Se puede negar el mal,
el fuego que dispara gritos en infinidad de sentimientos.
Se puede una voraz infamia,
un cuerpo lívido
o una catástrofe de medidas sentimentales,
los senderos recorridos para no ceder la oscuridad
u otras atrocidades inhumanas. 
Se esconde la maldad, se asume,
se incita a no entender ese marasmo,
ni esos gigantes necios que arrebatan la sangre,
la médula del ser
y la canción de la vida. 
Acá el enemigo contundente,
los huesos que asoman como flores
geográficamente antiguas
y se vive de miedo o de artificios de la fe,
de ese Cristo terrestre y lacrimógeno
de mirada incoherente
que no extrañamos ni exigimos
en el valle de las sombras de muerte.






Imagen de Jorge Martínez Mejía, Murvin Andino, poeta hondureño



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Murvin Andino Jiménez (San Pedro Sula, 1979). Poeta, narrador, editor, investigador literario, Licenciado en Letras con orientación en Literatura por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras en el Valle de Sula. Parte de su obra poética y narrativa ha sido publicada en revistas literarias de Honduras, México, Nicaragua, Colombia y Brasil. Ha publicado los libros de poesía Corral de locos (2009), Extranjero (2011), La isla dividida (2015). Para el 2017 prepara La estación tardía. Es catedrático de humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Algunos trabajos suyos han sido traducidos al portugués y al inglés.