viernes, 21 de enero de 2011

TRES INOLVIDABLES POETAS HONDUREÑOS





CLEMENTINA SUÁREZ


Poema del hombre y su esperanza

Ahora me miro por dentro
y estoy tan lejana,
brotándome en lo escondido
sin raíces, ni lágrimas, ni grito.
-Intacta en mí misma-
en las manos mías
en el mundo de ternura
creado por mi forma.

Me he visto nacer, crecer, sin ruido,
sin ramas que duelan como brazos,
sutil, callada, sin palabra para herir,
ni vientre que reboce de peces.

Como rosa de sueño se fue formando mi mundo.
Ángeles de amor me fueron siempre fieles
en la amapola, en la alegría y en la sangre.

Cada caracol supo darme un rumbo
y una hora para llegar.
Y siempre pude estar exacta.
A la cita del agua, de la ceniza
y la desesperanza.

Frágil, pero vital, fue siempre mi árbol,
al hombre y al pájaro les fui siempre constante.
Amé como deben amar los geranios,
los niños y los ciegos.

Pero en cualquier medida
estuve siempre fuera de proporciones,
porque mi impecable y recién inaugurado mundo
tritura rostros viejos
modas y resabios inútiles.

Mi caricia es combate,
urgencia de vida,
profecía de cielo estricto
que sostienen los pasos.

Creadora de lo eterno,
dentro de mí fuera de mí
para encontrar mi universo.
Aprendí, llegué, entré,
con adquirida plena conciencia
de que el poeta va solo
no es más que un muerto, un desterrado,
un arcángel arrodillado que oculta su rostro,
una mano que deja caer su estrella
y que se niega a sí mismo a los suyos,
su adquirido o supuesto linaje.

De esta ciega o absurda muerte o vida,
ha nacido mi mundo,
mi poema y mi nombre.
Por eso habla del hombre sin descanso,
del hombre y su esperanza.


ANTONIO JOSÉ RIVAS



La asunción de la rosa


Luz de rodillas. Circular aroma
que sobre el prisma del color se empina.
Dulce contrasentido de la espina.
Rocío de la nube y la paloma.

Espejo del arrullo. Claro idioma.
Súbito embrujo de la golondrina.
Palma que limpia el alba y la destina
para la piel del ángel que se asoma.

Ala de nieve en redimido vuelo.
Por la espina la cruz se adhiere al cielo
y el viento sabe de lucero erguido.

Gota de luna que en su mundo asume
la península breve del perfume
que es el amor que se quedó dormido.



JOSÉ ADÁN CASTELAR




Arraigo




Aquí vine a vivir
                      Soy parte de esta piedra
                      y de esta calle
un pedazo de aquel niño,
de este viejo.

                 Ese perro ajeno acude a mi llamado.
Soy un poco de hierba humana.
                                   El rocío, como a las
                                   ramas, corona
                                   mis hojas.

Entiendo el silencio de los árboles, sé lo que dicen
en la lluvia, sobre todo cuando el cielo cae al arroyo.

Soy parte de todo esto: hombres, niños, mujeres,
aguas, lunas, briznas muertas, flores, zapatos viejos,
harapos que vistieron una infancia,
la antología o la mar del verde.

                                  Hasta el sapo
en mi corazón encuentra un rayo de sol.

Vine a vivir a este lugar, a cumplir con mis deberes
sin falsos lamentos y con el don de la espera
entre los años.

Aunque un día parta, halladme aquí siempre.
No me iré de este rincón jamás. Formo parte de él como sus estaciones.
Como sus habitantes, como sus muertos.
Aunque no esté aquí, aquí estaré.
Aunque un día de pronto me vaya, aquí viviré.